Un juicio libre de culpa

Después de una culpa intensa, no quedaba más que la reconciliación que comenzaba a surgir en la mente de Abogado.

Culpa tenía una mirada muy intensa. Era una mujer seria, decidida, intrépida y bastante atrevida. No se arreglaba mucho, se vestía con ropa repetida y casi nunca salía a hacer deporte. Parecía tener pereza de la vida, refutaba todo lo que le decían y sufría su propia historia.

Pero Abogado había notado algo en ella.

Todos los días se colaba en las discordias de otros, en las conversaciones donde había desesperación, donde reinaba el enojo y donde todos parecían querer marcharse. Ella entraba cuando veía personas atrapadas en esos esquemas y sonreía mientras se quedaba allí.

Un día, Abogado se dirigía a una cita con Miedo cuando se encontró con Culpa en la calle.

Al verla acercarse, pensó:

—Ahí viene Culpa. Ojalá podamos hablar sin juicios ni problemas.

La saludó y ella le preguntó:

—¿A dónde te diriges?

—A un juicio con Miedo.

—¿Y por qué?

—La verdad, voy preocupado porque no sé cómo defenderme.

Culpa lo miró y le dijo:

—Por ahora es mejor que vayas solo. Yo te acompaño una vez que salgas del juicio y sientas que aparezco repitiéndote: “¿Por qué hiciste eso?”.

Abogado guardó silencio.

Culpa continuó:

—Mientras tanto, tú vas a enfrentar a Miedo y él va a querer debilitarte.

Después hizo una pausa y agregó:

—Pero te sugiero algo: si necesitas defenderte, quizá puedas buscar a Enojo. Lo vi cerca del Palacio de Justicia. A ratos se siente amenazado por los límites, pero siempre busca cómo impulsarte a la acción o a la defensa.

Abogado la miró con cierta preocupación.

—¿Y para qué necesitaría a Enojo?

—Tal vez para defenderte de aquello que te produce Miedo.

Abogado suspiró.

Culpa lo observó en silencio durante unos segundos y luego sonrió.

—Antes de irte, cuéntame: ¿por qué tienes esperando a Miedo? ¿Qué pasó?

Abogado respiró profundamente.

—Lo que pasa es que hace unos días, en uno de los juicios de mi trabajo, me encontré con una mujer que había sido mi amante y, desde ahí miedo me amenaza.

Esa amante era una mujer muy seductora y, sobre todo, me hacía difícil la vida. Me buscaba, me provocaba, me enviaba detalles y ahora tengo algo muy bien constituido que no quiero poner en riesgo.

 Culpa lo escuchaba atentamente.

Abogado continuó:

Culpa, que conocía este tipo de desenlaces, lo miró y le dijo:

¿Sabes qué? Olvídate de Enojo, mejor si quieres encontrar una respuesta total, busca el que siempre resuelve todo, Amor, que por cierto, vive de camino por aquí. Me imagino que has visto su casa. Es de un color violeta, súper tranquilo.

—Sí, yo he visto esa casa. Voy a pasar y le cuento.

Abogado llegó hasta la casa de Amor y le pidió que lo acompañara al juicio.

Amor era un hombre muy fuerte, atractivo, bien vestido, con ropa de diseñador. Además, era culto y hablaba con serenidad y, cuando se trataba de ayudar, salía de inmediato.

Así que cuando escuchó la petición de Abogado, respondió:

—Claro, vamos.

Cuando llegaron al juicio, allí estaban la amante y Miedo.

Abogado, acompañado por Amor, sintió que hablar ya no era tan difícil.

Miró a la amante y le dijo:

—Ya no recibo más amenazas tuyas.

Después se dirigió a Miedo:

—Me cansé de que siempre estés esperándome para luego hacer que me encuentre con Culpa en cada camino que elijo. Pero hoy traje a Amor para vencer todo esto y empezar de nuevo.

Mientras el mismo hablaba, comprendió lo que realmente debía hacer.

Amarlo todo como es.

Amar incluso aquello que no comprendía.

Amar la incongruencia de aquella mujer para que la necesidad de perseguirlo dejara de existir.

Y amar también a Miedo, porque si ya no necesitaba defenderse de todo, Miedo tampoco tendría que sostenerlo.

Tal vez regresaría muchos días, pensó. Pero sería más sutil y manejable.

Abogado comprendió entonces que Amor lo era todo.

Y que la misma Culpa que durante tanto tiempo no había sido su amiga lo había llevado hasta él.

Si no hubiera sido por aquel encuentro con Culpa, Miedo y la amante, quizá nunca habría conocido el Amor.

Finalmente no hubo juicio y todos volvieron satisfechos a sus casas, el Amor porque como siempre había apasiguado la situación con su presencia y su actitud, miedo porque entendió que ya le era permitido llegar, la amante porque se quedó sin argumentos para seguir luchando y Abogado porque a medida que aprendía de todo el proceso era consiente que lo llevaba a unas emociones que le brindaban felicidad. 

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