El fluir del mientras tanto
A sus 42 años, Atenea había caminado mucho en la vida. Se sentó en la mesa del comedor de su cabaña y contempló por un instante aquel lugar lejano donde la tranquilidad reinaba por encima de todo. Era una mujer serena que, en sus espacios libres, se dedicaba a ayudar a los abuelos del pueblo a entrenar su cuerpo y su mente para su mejor vivir. La cabaña estaba rodeada de árboles y tenía un pequeño patio donde Atenea tendía la ropa, cultivaba algunas plantas y, en las tardes, se sentaba a leer cerca de la chimenea. Allí había aprendido a disfrutar de las cosas sencillas: el sonido de la lluvia sobre el techo, el olor de la leña encendida y las conversaciones largas que no necesitaban tener un propósito. Su compañero de vida, Don Sahir, un hombre blanco, de ojos claros, alto, fornido y muy amoroso, había salido esa mañana a traer leña con su perro llamado Bubba, que también era un cachorro amigo, pacífico y muy obediente, que parecía hace...