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El fluir del mientras tanto

  A sus 42 años, Atenea había caminado mucho en la vida. Se sentó en la mesa del comedor de su cabaña y contempló por un instante aquel lugar lejano donde la tranquilidad reinaba por encima de todo. Era una mujer serena que, en sus espacios libres, se dedicaba a ayudar a los abuelos del pueblo a entrenar su cuerpo y su mente para su mejor vivir.      La cabaña estaba rodeada de árboles y tenía un pequeño patio donde Atenea tendía la ropa, cultivaba algunas plantas y, en las tardes, se sentaba a leer cerca de la chimenea. Allí había aprendido a disfrutar de las cosas sencillas: el sonido de la lluvia sobre el techo, el olor de la leña encendida y las conversaciones largas que no necesitaban tener un propósito.      Su compañero de vida, Don Sahir, un hombre blanco, de ojos claros, alto, fornido y muy amoroso, había salido esa mañana a traer leña con su perro llamado Bubba, que también era un cachorro amigo, pacífico y muy obediente, que parecía hace...

Cuando el silencio gritó

Esa mañana, Aura amaneció suspirando, con ganas desesperadas de solucionar muchas cosas de su vida. A pesar de todo lo que practicaba para sentir paz, algunos días no era fácil dejar partir sus zozobras. Pero la más importante de todas era su amado, Daniel, un hombre trigueño, de labios gruesos, calvo, serio, algo arrogante, acuerpado y atractivo. Tenía su genio, estaba acostumbrado a su silencio y le costaba mucho ser comunicativo. Mientras tanto, Aura era una mujer muy espontánea. Le gustaba comunicarse, pero en ocasiones era acelerada y no medía sus ligerezas. Ambos le huían al compromiso y se habían encontrado ya en la edad adulta. Había días en que la relación parecía que iba a explotar, sin que se pelearan fuerte ni existiera ninguna discusión o pelea. Ambos eran muy letrados y no se permitían manejar esos extremos, pero entonces el grito silencioso quedaba en la piel, en esos encuentros que no eran claros, en esas palabras no comunicadas, en esos momentos en que parecía má...

Un juicio libre de culpa

Después de una culpa intensa, no quedaba más que la reconciliación que comenzaba a surgir en la mente de Abogado. Culpa tenía una mirada muy intensa. Era una mujer seria, decidida, intrépida y bastante atrevida. No se arreglaba mucho, se vestía con ropa repetida y casi nunca salía a hacer deporte. Parecía tener pereza de la vida, refutaba todo lo que le decían y sufría su propia historia. Pero Abogado había notado algo en ella. Todos los días se colaba en las discordias de otros, en las conversaciones donde había desesperación, donde reinaba el enojo y donde todos parecían querer marcharse. Ella entraba cuando veía personas atrapadas en esos esquemas y sonreía mientras se quedaba allí. Un día, Abogado se dirigía a una cita con Miedo cuando se encontró con Culpa en la calle. Al verla acercarse, pensó: —Ahí viene Culpa. Ojalá podamos hablar sin juicios ni problemas. La saludó y ella le preguntó: —¿A dónde te diriges? —A un juicio con Miedo. —¿Y por qué? —La verdad, voy preocupado porque ...