La Luna, el Hada y los recuerdos
Memorias o recuerdos: ¿un dolor que existe o que dejamos existir?
Aquella noche gris yo simplemente miraba la luna y le contaba cómo me sentía.
Se lo decía de muchas maneras, casi en secreto, para que las estrellas no me escucharan.
Quería que aquello que sentía no fuera tan escandaloso. Había en mí una especie de vergüenza interna por no haber logrado todos los sueños que alguna vez me había impuesto, como si ya no tuviera fuerzas para intentar nuevamente todo lo que se había roto.
Ya casi no quedaban compañeros de viaje.
Ya no veía las mariposas monarca atravesando largas distancias en grupos, llevando consigo sus hermosos mensajes.
Y tampoco lograba reconocer aquella armonía del abrigo que había recibido durante mi niñez.
Entonces seguí hablándole a la luna.
Ella me miraba absorta, como si intentara comprender aquel desdén que yo sentía por mí misma y que se escondía muy profundo en mi alma.
Aunque físicamente no pronunciaba palabra, yo conversaba con ella. Y mientras lo hacía, sentía que algo dentro de mí se iba rompiendo lentamente.
Me hacía la fuerte.
Había tantas estrellas observando que no quería incomodarlas con mi tristeza.
Pero era un peso enorme.
Un peso acumulado durante años de caminar con los pies heridos por caminos de piedra que lastimaban.
De repente, la luna se movió.
Vi cómo cambiaba de color y, entonces, escuché una música que parecía haber comenzado a sonar solamente para mí.
Me pareció más hermosa que cualquier música que hubiera escuchado antes.
Yo seguía sentada en el piso del balcón, mirando hacia el cielo, con aquel nudo en la garganta y sin saber hacia dónde avanzar.
Había demasiados pensamientos dando vueltas en mi cabeza, repitiéndome que todo iba de mal en peor.
Cuando la luna terminó de tocar su música, alguien apareció en el borde del balcón.
Era un hada.
Nunca había visto una tan bonita.
Llevaba un vestido rosado brillante, una pequeña varita mágica y una mirada que parecía saber exactamente dónde dolía.
—¿Te gustaría volar? —me preguntó.
—Sí —respondí—. Pero ¿adónde me llevarás?
—Al mundo de las memorias y después al mundo del amor. Quiero que las conozcas, que puedas hablar con ellas y que, al regresar, encuentres un poco de paz.
Yo la miré durante unos segundos.
—Bueno… está bien.
El hada traía una especie de nave morada con un pequeño asiento detrás.
Subí.
Antes de comenzar el viaje, ella agitó su varita.
—Mientras estemos en esta misión tendrás alas. Las necesitaremos para recorrer ambos mundos.
El viaje fue rápido.
Mientras volábamos entre las nubes, respiré profundamente y poco a poco fui tranquilizándome.
Hasta que el hada dijo:
—Llegamos.
Miré hacia abajo.
Había muchísima gente caminando desorientada, buscando una casa, una puerta o simplemente un lugar donde pasar la noche.
—¿Quiénes son? —pregunté.
—Son las memorias —respondió el hada—. Muchas sufren porque intentan encontrar un lugar dentro de la mente humana para tomar vida o sino permanecen durante mucho tiempo habitando a alguien.
Aterrizamos.
Una de las memorias se acercó a mí.
—Hola. Soy la ira y quiero estar contigo hoy.
La miré sorprendida.
—¿Pero por qué? Yo pensaba que lo que sentía era dolor.
Ella sonrió.
—Porque muchas veces el dolor también es un enojo por algo que no ocurrió como tú querías.
Guardé silencio.
La memoria continuó:
—Yo he vivido mucho tiempo como memoria y sé que una de las mejores maneras de salir de ese estado de ilusión y despertar a la realidad es perdonando.
—¿Perdonando a quién?
—A la otra persona. A lo que pasó. A la vida. Y, sobre todo, a ti misma.
Sentí que aquellas palabras llegaban muy profundo.
—Pero ¿cómo hago para perdonarlo si todavía me duele?
La ira se acercó un poco más.
—No tienes que obligarte a dejar de sentir. Estás sumergida en una memoria de dolor. No la juzgues. No la obligues a castigarte más. Eres tú frente a ella, y ella habita en ti. Déjala llegar. Déjala sentarse. Escúchala.
Respiré.
—Es que a veces el enojo es tan grande… tan profundo… que siento que llega hasta adentro.
La memoria de la ira me miró con ternura.
—Entonces dime, ¿qué crees que es mejor? ¿Aceptar que está ahí y caminar un rato con ella de la mano, o resistirte para que tenga que quedarse más tiempo?
De inmediato comprendí.
Si me resistía, quizá seguiría persiguiéndome.
Y ni siquiera el hada podría salvarme de algo que yo misma no quería mirar.
Entonces abracé a la memoria de la ira.
No porque quisiera conservarla, sino porque por primera vez estaba dispuesta a escucharla.
—Gracias —le dije.
El hada me llamó desde la nave.
—Tenemos que continuar.
Subí rápidamente y volvimos a elevarnos entre las nubes.
Mientras volábamos, no podía dejar de pensar en aquella memoria y en aquella noche interminable en mi balcón.
Entonces el hada volvió a hablar.
—Mira abajo.
Miré.
Y mis ojos se iluminaron.
Debajo de nosotros había un pueblo completamente rosado.
Todo parecía tener una luz diferente.
Las casas, los caminos, los árboles… incluso el aire parecía abrazar.
—¿Esto existe? —pregunté sorprendida.
—Claro.
—¿Es el mundo del amor?
—Sí.
No podía creerlo.
—¿Y cómo ocurrió? —pregunté—. Yo sentía que estaba rodeada de solo desamor.
El hada sonrió.
—Por eso te traje.
Aterrizamos.
Yo contemplé aquel lugar durante unos segundos y sentí ganas de llorar, pero esta vez no era tristeza.
—Ahora que estás frente a este mundo de amor —me preguntó el hada—, ¿qué quisieras hacer?
Pensé un momento.
—Perdonarlo todo.
—¿Y después?
—Pertenecer nuevamente a un mundo que me acepte como soy. Un mundo que me diga que me quiere aunque cometa errores, aunque no sea perfecta, aunque en ese instante no tenga dinero, aunque tenga días grises.
El hada permaneció en silencio.
Luego me preguntó:
—¿Y por qué no haces tú ese papel contigo misma?
La miré.
—¿Yo?
—Sí. Tú puedes hacerlo. Puedes darte todo ese amor que estás buscando. Cuando comienzas a hacerlo, tus memorias también empiezan a cambiar. Lo que das, también comienza a regresar a ti.
Bajé la mirada.
—Aunque lo sé… es muy difícil practicarlo.
El hada sonrió.
—Entonces no intentes hacerlo perfecto. Solo empieza.
Me tomó de la mano.
—Si quieres entrar algún día completamente en el mundo del amor, tendrás que comenzar contigo. Cuando vuelvas aquí, quizá ya seas de color rosado.
Reí.
—¿Rosada yo?
—Rosada tú.
Volvimos a subir a la nave.
Mientras nos alejábamos, miré por última vez aquel pueblo.
—¿Y volveremos?
—Cuando quieras —respondió el hada—. Pero antes tienes que regresar a tu balcón.
—¿Para qué?
—Para contarle a tus memorias que conociste el mundo del amor y que ahora lo llevarás a ellas.
La nave atravesó las nubes.
Y cuando finalmente regresé, seguía sentada en el mismo balcón.
La luna continuaba allí.
Las estrellas también.
Pero algo había cambiado.
Por primera vez no sentí la necesidad de esconderme de ellas.
Miré hacia el cielo y pensé que quizá los recuerdos no siempre vienen para castigarnos.
Quizá algunos solo regresan porque todavía necesitan ser escuchados.
Y quizá el amor tampoco llega siempre desde afuera.
A veces comienza en el lugar más inesperado:
con una mujer sentada sola en un balcón,
mirando la luna,
aprendiendo, por fin,
a darse el abrazo que durante tantos años no se atrevió a pedir.
En verdad, creo que el dolor de las memorias existe y, a su vez, lo dejamos existir. En ambos casos se puede sanar, sin resistirnos y dejándolas vivir.
Gracias por leerme.