Alma Alada y la pluma Soberana

 Dulce era la mirada de Alma Alada que yacía en bosques fantasiosos con cabello en rizos y sonrisa amplia, sus manos eran tersas y suaves, su cuerpo era una figura femenina sin igual, cuidada con el tiempo y adornada por la castidad, su voz era tajante, pero a la vez llevaba amor profundo al corazón.

Era parte de una familia de seres creyentes y elocuentes al hablar, acaudalados, su padre, un rey distinguido que no permitía palabras soeces ni descripciones sin claridad, le enseñaba a leer libros de gran complejidad, su madre, una mujer que manejaba el glamour de la sociedad, sin ensuciar nunca su ropa ni olvidar su hogar, era muy bonita y estirada.


Esta alma había comprendido desde mucho tiempo atrás lo importante que era llevar un mensaje al mundo, por encima de sus emociones o de sus juegos de niña.

Pasaban los días y Alma Alada pensaba en su habitación: ¿Cómo hago para llegar a tantas personas? Me falta mucho para poder empezar.


Se dijo Alma Alada en voz alta.


Estando en esa divagación y mientras los colibríes venían a su ventana a tomar néctar en un bebedero dorado que ella les había hecho.


Ella se dirigió a uno de color azul turquesa que era su más fiel amigo, se llamaba Zafiro y lo saludó.


Él detuvo la bebida de su néctar y, leyendo su mente como siempre lo hacía, le dijo:

¿Qué pasa con tanta divagación?


Hay una forma muy fácil de llegar al mundo y es con la escritura, mira todo allá afuera, está cargado de ideas, pero faltan plumas que se deslicen sobre las hojas.

Alma Alada lo miró atenta.


Y tú puedes ser una de ellas, te aseguro que, si esta noche lo decides, la pluma estará esperando por ti.

Entonces Alma Alada, que era muy inteligente, además de su gracia para los chistes, le respondió: “Gracias, mi hermoso amigo. Lo haré”.


Luego entró la noche con paso sigiloso en su habitación y ella se dio cuenta de que, hacía rato, la pluma estaba atrevidamente sentada en su escritorio.

La pluma elegante, misteriosa, con la pierna cruzada, tenis negros, falda ceñida al cuerpo con abertura a un lado, una blusa escotada blanca y un abanico para el calor que movía mientras miraba a Alma Alada, atesoraba en su punta el polvo de los siglos y la tinta de viejos decretos, le dijo:


Te he esperado durante mucho tiempo con tantas cosas por compartir, pero la paciencia es digna de mí y hoy Zafiro se ha acercado en absoluto secreto para decirme que viniera a verte.

Si en verdad he estado pensando en redactar textos o escritos, ¿tú crees que estoy lista?

Por supuesto que sí, he visto cómo haces otras cosas de tu trabajo, pero sin duda tus escritos, que, por cierto, un día Zafiro me mostró, son historias que me gustaría lleváramos a todos.


Alma Alada se dijo a sí misma:

Esta es la señal, es hora de iniciar mi recorrido por muchos lugares y esta pluma será mi cómplice, además veo que es una gran motivadora, así que, dirigiéndose a la pluma, dijo:

Manos a la obra, tu nombre será Pluma Soberana, ya que sé que llegarán muchas plumas a mí y tendremos que diferenciarlas, me imagino que tú tendrías un nombre en tu época, pero este será tu nombre artístico.


Entonces Alma Alada comprendió que ese era su papel y sonrió mientras se sentaba con la pluma en el escritorio para empezar su nueva misión: entregar sus palabras al mundo.


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