El espíritu sanador y las células rojas

Hoy me desperté mirando al nuevo día, que traía un sol a mi ventana, los pájaros, que normalmente se silenciaban temprano, hoy seguían cantando. De seguro venía algo grandioso.

Mientras me arreglaba, para salir, y me detenía en el tiempo, sentí una molestia en mi cuerpo. Era como una marcha de células que caminaban más rápido de lo acostumbrado.

Me detuve y las miré.

Ellas me miraban fijamente. Eran muchas y estaban clasificadas por colores, de acuerdo con sus tareas. Los tonos habituales eran colores pasteles, pero hoy, en especial, vi que en una esquina de esa habitación, había unas rojas. Era un grupo considerable, entonces ese color llamó mi atención y les pregunté:

—Hola, ¿cómo están todas hoy?

La mayoría, que eran las de tono claro, asintieron, pero sin responder, como si las rojas las influenciaran y no permitieran que ellas pudieran sentirse bien.

No pasó ni un minuto cuando la célula líder de las rojas, llamada Barbarina, dijo:

—Nosotras, y hablo por mi grupo, estamos cansadas. Somos las que nos comunicamos con el sistema nervioso y esta semana, en especial, han existido muchas señales aceleradas que nos agotan.

No podemos llevar información relajada a él y tenemos el triple de trabajo. No se nos reconoce un subsidio de amor para transportarnos, ni tenemos una comunicación directa con la fuente de todo esto. Necesitamos ayuda.

Y, además, el sistema nervioso permanece asustado y debería ser más responsable.

Realmente creemos que te olvidas de que estamos aquí y laboramos adentro de este complejo mundo.

Yo seguía callada, admirada, mirando porque estaban alteradas y me decían todo eso.

En vista de la situación tan acalorada, llamé al líder del sistema nervioso, que se hacía llamar Sensiblón. Era todo un caballero, alto, de cabello oscuro y ojos verdes, de tipo mulato. Sonrió nerviosamente y, con palabras elocuentes, dijo:

—Barbarina tiene razón, en parte. No sé cómo actuar porque, en ocasiones, creo que se acumula información en el sistema de nosotros y envío señales de fallas pero realmente no son atendidas.

Son fallas que luego se vuelven molestias más grandes y después me reportan a las llamadas enfermedades. Para mí, esto tiene que ver con los pensamientos. Son demasiados y no logramos procesar tanta información sin filtrar.

Él se quedó callado y yo también.

Y aparecieron los pensamientos, que estaban uniformados de militares con kepis. Eran estrictos y muy puntuales; todo era impecable en apariencia física.

Y habló el coronel Memorión:

—Sí, nosotros nos hacemos responsables, pero es necesario que nos sepan diferenciar y no nos dejen abrumar, para poder contribuir al sistema nervioso y así lograr que estas células sanen.

Nosotros vamos acumulando miles de cosas y cualquier sistema de pensamiento que no se depura se desgasta, se acaba y termina colapsando y esa es la información que llevamos.

Yo realmente escuchaba y me parecía un sueño todo esto. No podía maquillarme escuchando tantas cosas.

En medio de tantos personajes llegó Espíritu, calmado, sosegado, con una apariencia de holograma, de hermoso rostro y con la luz de un ángel.

No parecía tener prisa ni necesidad de imponerse sobre ninguno de ellos.

 Simplemente llegó, observó y, cuando todos guardaron silencio, habló.

—Lo único que falta aquí es amor.

Se dirigió a mí con una serenidad que hizo que todos los demás parecieran detenerse por un instante.

—Te explicaré cómo solucionarlo.

Diles a tus células rojas que las amas y que envías ayudas, subsidios y demás requerimientos que son tus sentimientos por ellas. 

Abrázate con tus brazos, aplica técnicas de respiración profunda y llega a todas, incluso a las más escondidas. Abrázalas y háblales. Ellas escuchan.

Espíritu hizo una pequeña pausa y continuó:

—Tu cuerpo está lleno de procesos que todavía no comprendes por completo, pero puedes aprender a escucharlo, a observarlo y a tratarlo con amor. Lo mismo puedes hacer con cualquier sistema, así como con el nervioso.

Y, en cuanto a los pensamientos, haz una dieta para darles espacio a ellos, que son rígidos y no se sueltan el uno del otro y se mantienen uniformados. Déjalos hablar, pero, en la medida en que llegan, diles: "Gracias", y ellos se van liberando, dejando su rigidez, 

Solo agradéceles por estar aquí.

A lo cual respondí:

—Espíritu, qué maravilloso que hayas venido hoy y, sobre todo, que yo te haya podido escuchar con atención.

Recibo tu consejo y lo pongo en acción de inmediato.

Tal como dijo Espíritu, yo puse en marcha sus palabras. 

Hablé con las células; en especial, me dirigí a las rojas y les transmití el amor más sincero de mi corazón. Vi cómo cambiaban de color y pasaban a tonos pasteles suavemente.

A todos los del sistema nervioso los invité a un masaje de spa para tranquilizarlos.

Me recosté en mi sofá un momento y comencé a respirar con técnica, y vi claramente cómo ese sistema se sentía cómodo, cómo entraba luz en él.

Con los pensamientos, sencillo,  una dieta sentaba bien con la palabra "gracias", sin dejarlos pensar tanto. 

Después de todo esto, terminé de arreglarme, salí de la habitación con Espíritu, que no se despegaba de mi lado, y él me dijo:

—Parece que aprendiste la lección. Por favor, no lo olvides: tu cuerpo escucha. Hazlo valer.

Espíritu caminó a mi lado unos pasos y luego agregó:

—Cuando algo en tu cuerpo te incomode, no corras inmediatamente a pelear con él. Primero escucha, observa y busca comprender qué necesita. 

A veces, una molestia puede convertirse en una oportunidad para prestar atención a aquello que habías dejado de escuchar. 

Y recuerda: una enfermedad no tiene por qué ser una condena ni un enemigo. También puede convertirse, dentro de este viaje de conciencia, en una señal que te invite a detenerte, observar y buscar respuestas.

Y entonces, con una sonrisa tranquila, me dijo:

—Donde duele, escucha. Pregunta qué necesita tu cuerpo y qué estás sintiendo. No para culparte, sino para comprenderte.

Yo sonreí y le respondí:

—Qué interesante. ¿Será que podemos hablar mientras llego a otros lugares donde tengo que ir hoy?

Me dijo:

—Yo nunca me separo de ti, pero en ocasiones estás tan involucrada en tu mundo que no te das cuenta de que sigo aquí. Así que vámonos, que por hoy ya todo está solucionado.

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