Cuando el silencio gritó
Esa mañana, Aura amaneció suspirando, con ganas desesperadas de solucionar muchas cosas de su vida. A pesar de todo lo que practicaba para sentir paz, algunos días no era fácil dejar partir sus zozobras.
Pero la más importante de todas era su amado,
Daniel, un hombre trigueño, de labios gruesos, calvo, serio, algo arrogante,
acuerpado y atractivo. Tenía su genio, estaba acostumbrado a su silencio y le
costaba mucho ser comunicativo.
Mientras tanto, Aura era una mujer muy
espontánea. Le gustaba comunicarse, pero en ocasiones era acelerada y no medía
sus ligerezas. Ambos le huían al compromiso y se habían encontrado ya en la
edad adulta.
Había días en que la relación parecía que iba a
explotar, sin que se pelearan fuerte ni existiera ninguna discusión o pelea.
Ambos eran muy letrados y no se permitían manejar esos extremos, pero entonces
el grito silencioso quedaba en la piel, en esos encuentros que no eran claros,
en esas palabras no comunicadas, en esos momentos en que parecía más sencillo
decir “dejemos todo aquí” que luchar sin encontrar un eco.
Pero Aura, ahondando en su grito y después de
varios silencios por situaciones latentes no comprendidas para los dos, decidió
mirar más allá de lo que se percibía.
Una noche, después de que Daniel se durmió, ella
permaneció despierta, mirando la oscuridad de la habitación.
No sabía exactamente qué buscaba. Tal vez una
respuesta. Tal vez una explicación. O quizá solamente necesitaba entender por
qué dos personas que se querían podían sentirse tan lejos estando tan cerca.
Se levantó para ir al baño.
Y entonces lo vio.
En medio de la oscuridad había un niño.
Era igual a Daniel, pero mucho más pequeño. Tenía
los mismos ojos, la misma mirada firme y aquella manera de quedarse quieto,
como si desde muy temprano hubiera aprendido que era mejor guardar lo que
sentía. Aura reconoció incluso un pequeño gesto que Daniel hacía cuando algo le
molestaba: apretaba los labios y desviaba ligeramente la mirada.
Era hermoso, determinante y tenía unos ojos
grandes que parecían conocerla desde hacía mucho tiempo.
Aura se quedó inmóvil.
El niño la miró y le habló como si aquella
conversación hubiera comenzado mucho antes de esa noche.
Recuerda que tú tienes una niña interior y él
tiene su niño interior. Si le preguntaras, así de la nada, hablando como si
fuera contigo misma, qué siente, qué quiere y por qué no puede hablar,
encontrarás esas respuestas.
Aura lo observó en silencio.
No sabía si estaba soñando, imaginando o
simplemente dejando salir algo que llevaba mucho tiempo guardado dentro de
ella.
Entonces se atrevió a preguntar:
¿Y qué hago con esas respuestas?
El niño sonrió.
Lo mismo que harías con tu niña cuando tiene
miedo. No la regañes. No le digas que exagera. Pregúntale qué le pasa.
Aura guardó silencio.
De pronto comprendió que quizá llevaba mucho
tiempo intentando hablar con el hombre que tenía delante, cuando en realidad
había estado tratando de hacerse escuchar por el niño que habitaba en él.
Pensó en sus silencios, en sus huidas, en aquella
manera acelerada de hablar cuando tenía miedo de no ser comprendida. Pensó
también en Daniel, en su dificultad para expresar lo que sentía, en esa
seriedad que tantas veces había interpretado como indiferencia y que quizá
escondía una historia que ella desconocía.
Por primera vez no quiso preguntarse quién tenía
la culpa.
Quiso preguntarse qué había debajo de todo
aquello.
Tal vez eso era lo que ocurre cuando dos personas
se encuentran de verdad. No solamente se encuentran sus cuerpos, sus gustos o
sus maneras de vivir. También se encuentran sus historias, sus miedos, sus
heridas y esos niños que alguna vez aprendieron a callar para poder seguir
adelante.
Y entonces comprendió algo todavía más profundo.
Quizá algunas personas llegan a nuestra vida no
para hacernos daño ni para salvarnos, sino para mostrarnos aquello que todavía
necesitamos mirar dentro de nosotros.
Daniel le mostraba partes de ella que necesitaban
ser escuchadas.
Y ella, sin saberlo, quizá estaba haciendo lo
mismo con él.
No se trataba de justificar sus silencios ni de
convertir las heridas en excusas. Se trataba de mirarlas con otros ojos. De
bajar la culpa lo suficiente para poder comprender. De dejar de enfrentarse
como dos adultos heridos y empezar a reconocer a los dos niños que, desde algún
lugar, todavía pedían amor.
Aquella noche Aura no encontró todas las
respuestas.
Pero encontró una pregunta diferente:
¿Qué necesita este niño para dejar de gritar en
silencio?
Y por primera vez, en lugar de querer escapar de
aquella relación, quiso escuchar.
Quizá evolucionar también era eso: dejar de
preguntarnos quién tiene la culpa y comenzar a preguntarnos qué vino a
enseñarnos ese encuentro.
Porque cuando dos almas se encuentran, algunas
veces no vienen a completarse.
Vienen a reflejarse.
Y en ese reflejo, si tenemos el valor de mirar
con amor, podemos descubrir aquello que todavía necesita sanar en nosotros.
El niño dejó de hablar.
Aura volvió a la cama.
Daniel dormía profundamente.
Lo miró durante unos segundos y, por primera vez,
no vio solamente al hombre que tantas veces había intentado comprender.
Vio también al niño.
Y, curiosamente, al verlo a él con más ternura,
sintió que también comenzaba a mirar a su propia niña de otra manera.
Quizá el grito nunca había sido de uno de los
dos.
Quizá ambos llevaban tiempo pidiendo, en
silencio, que alguien los escuchara.