Abrazando a un pensamiento
Entonces ellos yacían escondidos en la magia del tiempo y eran muchos. Corrían, chocaban, cotorreaban y yo, en algunos momentos, los apaciguaba; en otros, parecían eternos.
Y me preguntaba:
—¿Acaso es la mente un desorden de pensamientos que no podemos calmar? Y si podemos calmarlos, ¿para qué vienen?
Un personaje algo antiguo, que caminaba por mi pradera y yo no siempre lo veía, me respondió:
—Mírame. He caminado por diferentes espacios del tiempo y sigo fabricando esos pensamientos. La diferencia es que ya no corren, ya se duermen solos y ya no me asfixian ni me molestan como antes...
Solo me dicen que están y que, en la medida en que mi mente los escuche con atención y calma, ellos comprenden la situación. Me impulsan, me llevan, me abrigan y, en días invernales, son un motor y un techo bajo el viento que envía mis palabras suavemente.
Me quede analizando lo que me decía el anciano, cuando de repente:
Vi que por una ladera venían muchas palabras muy imponentes en sus caballos silvestres, hermosos, que parecían uniformados con gran dedicación y belleza. El galope de ellos me hizo girar rapidamente.
La palabra líder que venía en el primer caballo se detuvo y levantó una bandera blanca para que todas las demás hicieran una parada.
Y dijo:
—Nosotras queremos pronunciar verdades y contar historias positivas, pero es que ellos nos vigilan. En el palacio hay restricciones con respecto a los pensamientos. Unos se encargan de algunas de nosotras y otros de otras, y así llegan, de repente, las órdenes que nos imponen.
El anciano y yo la miramos. La palabra líder comenzó a llorar, diciendo:
—Hay días en que son tantos que no puedo contenerme ni aclarar lo que voy a decir y entonces no se que va a pasar, de pronto, puedo lastimar a alguien con mi expresión.
Entonces el anciano hizo que bajara de su caballo, colocó una mano sobre su hombro y dijo:
— En realidad, hay muchas situaciones que influyen, pero ustedes pueden verbalizarlas en su palacio o silenciarlas poniéndose de acuerdo con los pensamientos para mejorar. No es sufrir por eso; es galopar sin tenerles miedo y convertirlos en una gran excusa cada día para crecer.
»Mírenlos a los ojos y pregúntenles:
»¿Cuál es el objetivo de que ustedes vengan a verme hoy?
»Y si es un pensamiento nefasto, se quedará en silencio y se dará cuenta de que ya lo detectaste, arrepintiéndose de venir. Pero si es un pensamiento armónico, entonces se reirá a carcajadas y te hará reír a ti también.
—¿Crees que puedas hacer esto? —agregó el anciano.
La palabra que era una líder distinguida se secó las lágrimas y dijo:
—Tienes razón, pero a mí me parece que la mente tiene mucho que ver en esto.
Entonces, de la nada, detrás de un árbol muy ancho, debajo del cual conversábamos, salió la mente y dijo:
—Estoy hecha de pensamientos, mas no los fabrico. Hay algo más elevado que yo, que se vuelve pensamientos y los trae a las palabras.
Todo se silenció.
El anciano intervino diciendo:
—Tú, mente, estás hecha de un día a día de pensamientos. Y tú —refiriéndose a mí como humana— puedes controlar qué tipo de pensamientos vas a tener para ayudar a las palabras aquí presentes a que no lloren y salgan sin pensar a galopar.
—¿Y cómo lo harás?
—Trabajando en ti, en tu interior, en tu silencio, en lo que eres; reflexionando en tu llegada a este universo-pradera que habitas.
La palabra líder pensó por un momento y agregó:
—O sea que la responsabilidad, óigase bien, “no culpa”, es del humano, porque puede encontrar varios métodos para que —la mente, los pensamientos y las palabras— coordinemos un mejor diálogo con nosotros mismos.
En ese momento yo entendí para qué venían los pensamientos e interprete las frases del anciano que se resumían en que siempre podía volver a construir mejores pensamientos y a reconciliarme con las palabras.
Entonces, esta vez, me despedí de todos: las palabras, la mente que parecía estar en el aire, los pensamientos que por ese día quería dejar atrás y el anciano guía que permanecía en la pradera.
Y encontré una forma más sencilla de volver al palacio con el ánimo de consturir grandes praderas y abrazar grandes pensamientos.
Hoy deseo para mi y todos los que me leen que sus praderas crezcan y las palabras salgan a galopar después de dulces pensamientos.